miércoles, 7 de marzo de 2012

A veces soy tan tonta


Siempre es más fácil hablar de las cosas que vuelven nuestros días de colores sombríos y tristes. De los amores imposibles. De los deseos reprimidos que aparecen bailando delante de tus ojos con cada reflejo. De los sueños torcidos, esos que o arrancas de raíz o van a seguir martilleando tus costillas continuamente. Hablar de la lluvia que nos cala los pies y nos mete ese frío desgarrador en el cuerpo, ese que no sale aunque nos arropemos hasta casi no respirar. Es más fácil llorar las palabras, para ver si de alguna forma nos quedamos secos de una vez, para ver si podemos reparar todas las goteras de nuestra cabeza. Pero, ¿y la felicidad? Los días que vuelan porque cada segundo es perfecto, y por dentro vuelves a sentir retortijones en el estómago, temblor en las manos y en la mirada. De esos días es más difícil hablar, quizá porque pasan tan pocas veces que preferimos aprovecharlos y dejar el recuerdo dentro, muy profundo, por si algún día se vuelve en nuestra contra. Esos días en que olvidas hasta tu nombre, en que se juntan dos vidas y de repente todo vuelve a empezar. Esos son los momentos que valen la pena, los cruces de caminos. . Ahora sólo queda saber si seremos lo suficientemente valientes como para quedarnos aquí. Aunque se cuelen por el medio días de temporales, días de papel y lápiz, y sudor de sentimientos que no se pueden contener. Yo te contaré todo lo que pase por mi cabeza, y tú me hablarás del tiempo que hace que tus besos vagan perdidos buscando un lugar donde respirar, por fin. Controlarás el tiempo que hace fuera hasta que los cristales se empañen y tengamos que seguir dentro, porque llueve a mares, y es mucho mejor el calor de tus abrazos para acabar (o empezar) el día. Quizá también te cuente que una noche vi mi mundo reflejado en tus ojos, que me columpiaría en tus pestañas haciéndote cosquillas, que cuando me das la mano todo vuelve a estar en calma. Pero a veces soy tan tonta que no puedo decirlo. Me da miedo caminar y dar los pasos que sé que tengo que dar, y que en el fondo quiero, más que cualquier otra cosa. Es saber que meterte de lleno en algo puede hacer que tu cabeza acabe convirtiéndose en una nube de humo y, que al final, tras muchas vueltas, los días grises vuelvan a ensombrecerlo todo otra vez. Tal vez es lo que pasa con las cosas importantes. Que no puedes armarlas y desarmarlas a tu antojo. Que son las únicas que te hacen pensar dos veces cada vez que vas a abrir la boca. Que son las que te cambian, que te provocan un tsunami por dentro. Y muchas veces, también, son las que hacen que esa sonrisa no se borre de tu cara desde el mismo momento en que separas los pies de la cama.

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